Reinaldo Arenas


Si algo deja claro la persistencia de las dictaruas y crimes contra la humanidad a lo largo de la Historia, es que jamas han podido eliminar el talento de los hombres y mujers que contra ellas se alzaron o que simplemente las padecieron. De sus vidas hicieron un tormento, pero las obras qeu crearon, tarde o temprano reflotaron para consuelo de los demas supervivientes y generaciones futuras, que con su ejemplo fabrican la esperanza, siempre defraudada, de qeu se haya puesto fin a la barbarie.
Con el tiempo, los dictadores quedan relegados a las tristes paginas de los libros de historia, refugio y muestrario de su locura, mientras que la obra de artistas como Machado, Miguel Hernandez, Marcos Ana o San Juan de la Cruz, por citar solo algunos españoles, conquistan cada día el corazon de alguien en algun lugar del mundo. Ayer el mio y por Reinaldo Arenas (El papel impreso de los discursos de Fidel no servira ni al pescadero para envolver su mercancia).

Reinaldo Arenas fue un cubano de esos que coincidio en el tiempo con la dictadura de turno. Nacio en 1943 y se suicido en Nueva York en 1990. Su pecado: pensar por libre y ser homosexual.
Se redimió a traves de la literaura.

Poema Autoepitafio de Reinaldo Arenas

Mal poeta enamorado de la luna,
no tuvo más fortuna que el espanto;
y fue suficiente pues como no era un santo
sabía que la vida es riesgo o abstinencia,
que toda gran ambición es gran demencia
y que el más sordido horror tiene su encanto.
Vivió para vivir que es ver la muerte
como algo cotidiano a la que apostamos
un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte.
Supo que lo mejor es aquello que dejamos
-precisamente porque nos marchamos-.
Todo lo cotidiano resulta aborrecible,
sólo hay un lugar para vivir, el imposible.
Conoció la prisión, el ostracismo,
el exilio, las múltiples ofensas
típicas de la vileza humana;
pero siempre lo escolto cierto estoicismo
que le ayudó a caminar por cuerdas tensas
o a disfrutar del esplendor de la mañana.
Y cuando ya se bamboleaba surgía una ventana
por la cual se lanzaba al infinito.
No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito,
ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto
(ni después de muerto quiso vivir quieto).
Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar
donde habrán de fluir constantemente.
No ha perdido la costumbre de soñar:
espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.

(Nueva York, 1989)

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