Sobre educación, Asia (China y Corea) y un libro polémico en los USA…

Diversión.., ¡qué no falte!
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Joana Bonet

Soñamos con hijos nobles y generosos, firmes pero flexibles, que sorteen tanto la obsesión como la inseguridad

Los niños no necesitan pronunciar la palabra esperanza.La llevan inscrita en la suela de los zapatos y en el brillo de su mirada cuando ven por primera vez la luna. Gracias al país de las maravillas, donde los gatos hablan y las paredes son de caramelo, no hay otra posibilidad que la de amasar la alegría. Ante la gozosa omnipotencia infantil, el fracaso resulta un asunto inexistente: tantos años por delante parecen suficientes para encontrar un lugar en el mundo. Pocas veces nos sentimos tan en paz, casi acariciando el orden del mundo, como contemplando a un niño feliz. Mi hija pequeña llama “estrellitas” al tendido de luces que se extiende sobre la ciudad cuando oscurece. De una cuchara y un tenedor es capaz de hacer un rey y una reina. Y su frase más repetida consiste en tres palabras y un interrogante: “¿Esto qué es?”. Para los niños cada nuevo nombre supone un vínculo más con la sociedad de la cual padres y educadores vamos seleccionando y transfiriendo sus contornos. Y a menudo nos preguntamos cómo hacerlo mejor. Amor y disciplina, comprensión y autoridad, imaginación y sentido común. Durante medio siglo hemos aprendido a criar niños felices; mejor dejarlos jugar que sobrecargar su agenda con nuestra ansiedad extraescolar. Además de los pianistas o matemáticos que no fuimos, soñamos con hijos nobles y generosos, firmes pero flexibles, que sorteen tanto la obsesión como la inseguridad y que en lugar de querer ser los mejores saquen lo mejor de sí mismos. Una carrera de fondo para la cual no sobra ningún esfuerzo, y más aún cuando día a día desayunamos con las abrumadoras cifras de fracaso escolar por un lado y de paro juvenil por otro.

“Occidente está criando a una generación de perdedores”, ha sentenciado la economista Amy Chua durante la promoción de su polémico libro El himno de batalla de la madre tigre. En su manual, esta mujer que consiguió que su hija tocara el violín en el Carnegie Hall con sólo 16 años, explica cómo hay que insultar, humillar y torturar aun niño cuando no saca un sobresaliente. Mano dura. Ni pantallas, ni amigos, ni errores. Inculcar un afiliado sentido de la competitividad y del éxito, y sobre todo contribuir a que maduren rápido. Muchos padres norteamericanos han confesado haberse sentido humillados por las lecciones de la señora Chua. Y si bien es cierto que los pedagogos enterraron hace años el mito del padre-amigo, hoy se sigue alentando una educación dialogante y participativa en la que los niños no actúen como soldados rasos. Pero tras las deshonrosas puntuaciones del informe Pisa, algunos gobiernos observan con asombro el milagro coreano, uno de los pocos lugares del mundo donde la relación entre PIB y los niveles de educación es inversamente proporcional. Sus estudiantes apenas conocen el recreo; eso sí, son virtuosos del piano además de excelentes matemáticos. Tal es el esfuerzo que más de la mitad declara sufrir estrés y depresión (Corea es el país con mayor índice de suicidios de todos los estados miembros de la OCDE).

Está comprobado que la extrema rigidez procura desaliento y vacío, de la misma forma que la excesiva permisividad deriva hacia a la inevitable frustración. Para no seguir alimentando una generación de perdedores hay que reforzar el currículo, sostiene la tendencia emergente que propone un regreso a la educación de los años cincuenta, aunque nunca como hoy había habido tantos jóvenes sobradamente preparados que en el mejor de los casos trabajan de becarios. Los melancólicos vemos, los indolentes ni-nis, los combativos ciberactivistas y los airados jóvenes que un día fueron niños felices buscan su lugar en el mundo. Y una llave que les abra el futuro.

Y por si os interesa, Miguel dixit:
Battle Hymn of the Tiger Mother, Amy Chua (La pinta de tía guay q tiene la señora, tampoco tiene desperdicio)

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