Un día en el hospital

Se pintan de azul, o adviertes su presencia con postes coloreados, entre otros curiosos metodos para que todos noten su presencia.Me refeiro a esos espacion publicos que el Gran Hermano (alabado sea cien veces) ha tenido a bien reservar a las personas que tienen "movilidad reducidad", cumpliendo asi con la aspiración bíblica de socorrer al tullido.

Pero da igual, siempre hay alguien que, casi nunca por descuido, estaciona su coche en una de esas plazas. Y es que vivimos teimpos barbaros en los que abundan conductores que no ha leido la Biblia y se dedica a obviar esa abstracción sin nombre ni forma que es el prójimo.

De inmediato los guardianes del sistema, prestos a restaurar el orden vulnerado, cumplen con su misión a mayor gloria de Matrix: Multa y retirada del criminal vehiculo al deposito municipal.

¿La culpable? Una dama de la que no se puede decir que fuera de edad incierta ya que, para su desgracia, aprentaba tener los años que tenía.

Desaparecida la Policia Municipal, se empleó a fondo en reclamar a los viandandtes virtud tan cristiana como es la caridad. Pero los que por alli andabamos tampoco habiamos leido el libro sagrado.

"¡Hijosssss de puta!, gritaba marcando bien las eses como hacen los castellanos cuando se cabrean.
"¡Me van a oir en el Hospital", amenazaba al Principe de Asturias, qeu es dueño del hospital y por eso lleva su nombre, supongo.
¡Y luego dicen que tengo la tensión alta!, se diagnosticaba, olvidando la morcilla que, seguro, engulló la noche anterior.

El caso es que a la tal señora, en mi condicion de paseante hospitalario en el día de hoy, me la encontré un par de veces por los pasillos ("Encuentros con animales peligrosos" se llama una serie documental).
Bufaba, iba de aqui para allá sin destino conocido, casi en silencio absoluto sino fuera por el ruido de su respiración.

Y al final, el final: me voy a por mi coche que ocupaba el espacio qeu tan generosamente la fuerza pública había liberado para mi dusfrute. Lo arranco y como Cloromiro Artiaga, me fui recordando este cante escrito por Juan Ramón Jimenez en aquel tiempo en el qeu los tontos todavia no habiamos aprendido a hacer relojes, y esperabamos sentados a que nos sacaran a bailar.

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