La verdadera diferencia

Leer a Montaigne siempre es de provecho, pero es que después de oír un poco lo que se cuenta en las radios y las t-u-ves, se me antoja imprescindible.

Afortunadamente el mando a distancia es una buena defensa ante tanta onda tonta, pero para escudo el de los “ensayos” del señor citado.

Leo el que trata de las desigualdades entre los hombres, y como un mielero de las letras recolecto el mejor néctar:”No alabamos a un caballo por sus arneses, sino por su vigor y destreza…En el lebrel elogiamos la velocidad, no su collar; en el ave de cetrería sus alas, no sus sonajas y cintas: ¿por qué, pues, no estimamos al hombre por lo que es suyo?””Al hombre se le ha de juzgar por sí y no por lo que le envuelve.

Decía con donaire un antiguo: “Le tenéis por alto porque contáis el grueso de sus espesas suelas.” El pedestal no es parte de la estatua. Medid al hombre en camisa, ni riquezas ni honores. ¿Tiene el cuerpo sano, ágil y apto para sus funciones? ¿Es su alma hermosa, capaz y provista de todas sus piezas? ¿Es rica de lo suyo o de lo ajeno? ¿No interviene en ella la fortuna? Lo que importa es ver si es capaz, sin parpadear, de esperar las espadas tendidas; si no le importa saber por donde la vida le sale, sea la boca o el cuello, si es un alma sosegada, ecuánime y contenta. Eso es lo que ha de verse y por eso juzgar las extremas diferencias que hay entre nosotros”Refiriéndose a primeros de su tiempo, a los reyes, dice:”…si le veis (a un soberano) tras de una cortina hallareis que solo es un hombre común, y acaso mas vil que el menor de sus súbditos.

La cobardía, la irresolución, la ambición, el despecho y la envidia le agitan como a cualquier otro.””Acaso, si es discreto, opinará como el rey Seleuco, que decía: “Quien supiese lo que pesa un cetro no se bajaría a recoger uno, si en el suelo lo encontrase.” (Ay, alegres políticos nuestros. Eso es mio, claro).”Diocleciano, que ciño una diadema tan reverenciada y afortunada, la resignó para retirarse a los placeres de la vida particular. A poco le fueron a pedirle que se encargarse del poder otra vez, por que así lo requerían los negocios públicos, y respondió: “No intentaríais persuadirme si vierais el buen orden de los árboles que he plantado en mi casa y los hermosos melones que he sembrado.”Cuando el rey Pirro resolvió invadir Italia, su sabio consejero Cineas quiso hacerle sentir la vanidad de su ambición, y le dijo: “¿A que fin ejecutas esa empresa, señor?” “Al de hacerme dueño de Italia.” “¿Y luego?” “Luego -repuso el otro- iré a la Galia y a España.” “¿Y después?” “Subyugare África y cuando al cabo tenga el mundo bajo mi dominio descansaré y viviré descansado y sosegado.” “Por Dios, señor -replicó Cineas-, que no se por que no empiezas poniéndote en ese estado desde ahora. Si: no se como no te dedicas desde hoy a lo que dices que aspiras, ahorrando tantas dificultades y trabajos como estableces entre tu y ellos.” Ubaldo

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